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AMORES IMPOSIBLES ll

Cultura 20/08/2022 Ada García

FEDERICO.

Entrando a mano derecha por la calle larga donde siempre da el sol, una calle blanca, arropada por el azul brillante del Mediterráneo, Federico entra por primera vez en Cadaqués. El pueblo catalán se abre, como la punzante flor del cactus, entre payeses verdes de higueras, y pescadores blancos de espuma. Posee además, desde hace pocos años la mirada de un joven y escuálido Ganímedes al borde del agua. Un día apareció Federico, con su traje nuevo y su pinta de señorito de ciudad; con su acento andaluz, y su voz de poema y de guitarra. Y asi Federico, hecho a base de miga de pan, luz de luna, y flores de limonero, se miró en los ojos del muchacho catalán que pintaba a su hermana asomada a la ventana del mar, o caracolas marinas escondidas dentro de un reloj que da siempre las cinco de la tarde. Y tras esa nueva y perfecta mirada, se dibujaban mutuamente en sus labios rosas del color de la sangre o de los besos. En tanto, un velero allá lejos, al borde de otro sueño, desplegaba sus velas mientras el capitán dormido y feliz, despertaba un instante y soñaba con elefantes patilargos y con toreros que no existieron jamás.

El muchacho catalán, delgado y de ojos de fuego negro, bebía vino en la bota de su padre y sonreía ante la enamorada mirada de Federico.

 «Haces bien en poner banderines de aviso,en el límite oscuro

que relumbra de noche.

Como pintor no quieres que te ablande

la forma el algodón cambiante

de una nube imprevista.»

Y el Mediterráneo, tras ellos, iba pintando sobre las olas sus cabezas de dioses jóvenes, de dios andaluz y de dios catalán, que no acuchillarán el afilado y tenebroso puñal del Tiempo. Y yo desde el largo y brumoso túnel de los recuerdos, incluso de los recuerdos que nunca fueron, observaba a Federico mientras leía en voz alta acallando con sus versos el rumor implacable de la mar.

«Pero también la rosa del jardín donde vives.

¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!

Tranquila y concentrada como una estatua ciega,

ignorante de esfuerzos soterrados que causa.»

 Pero en septiembre, el mes de los adioses lentos y de las airadas uvas, Federico se marchó con su maleta llena de jinetes solitarios, de quejíos gitanos y de dibujos de guitarras. Se fué. Caminó calle abajo hasta la estación y subió al tren mientras su amigo, el joven pintor catalán, le decía adiós con una mano, y con la otra pintaba con el índice una abeja de oro. A ratos ladraba un perro andaluz en el andén.

En el tren viajaba una mujer vieja y arrugada, con las manos cuajadas de cicatrices y los labios resecos por una sed de siglos. La mujer, piedra yerma, alacrán expectante, iba sentada al lado de Federico. Eran las cinco de la tarde.

-Buenas tardes, señorito.

-Buenas son, buena mujer.

-¿A dónde va usted señorito?

-A Granada.

-No, no, señorito Federico. Usted no va a Granada, va al barranco de Viznar y desde allí quién sabe. Tal vez hasta la Eternidad. Pero no irá solo. Irán muchos con usted.

-¿Cómo sabe usted mi nombre?

-La muerte conoce el nombre de todos.

Entonces Federico, mi Federico, bajó rápidamente del tren. Y como asegura otro poeta, Leonard Cohen, su hermano canadiense, Federico García Lorca está vivo. Vivo. Huyó a Nueva York, vivió durante años en una casita cerca del Hudson, y dibujó sobre un cuaderno viejo y salado, peces de aire nadando sobre las horas verdes de las gaviotas.

Ada García, colaboradora en albacetealdia.es

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