Ucrania, una guerra (más) que pudimos evitar

Opinión 12 de marzo de 2022 Por Ovidio Bustillo García

Desde el mundo del antimilitarismo y la noviolencia llevamos más de un siglo diciendo que la guerra es un crimen contra la humanidad y que no colaboraremos con ninguna. Esta guerra no es una excepción, es una guerra injusta, cruel e inhumana que el gobierno de Rusia, presidido por Putin, lleva a cabo contra el pueblo ucraniano, principal víctima.

Desde el mundo del antimilitarismo y la noviolencia llevamos más de un siglo diciendo que la guerra es un crimen contra la humanidad y que no colaboraremos con ninguna. Esta guerra no es una excepción, es una guerra injusta, cruel e inhumana que el gobierno de Rusia, presidido por Putin, lleva a cabo contra el pueblo ucraniano, principal víctima. Este hecho incontestable y el estar asistiendo a una guerra medio televisada –solo vemos una parte– ha despertado una gran solidaridad con el pueblo ucraniano y crece el entusiasmo por enviar armas y armar a civiles, lo que a nuestro juicio es un gran error que costará más sufrimiento y muerte, dificultará reconducir el día después de la guerra y es un hecho que sólo beneficia a fabricantes de armas y señores de la guerra.

Entre estas erráticas medidas están:

El destinar 500 millones de euros para financiar el suministro de material letal y no letal al ejército ucraniano del Fondo Europeo de Apoyo a la Paz (FEAP) nos parece de un cinismo tremendo.
Mal ejemplo ha sido la decisión del gobierno alemán de destinar 100.000 millones de euros en armamento. Esta medida la están siguiendo otros países, y aquí ya la están demandando PP y VOX.
El gobierno y la mayoría de los partidos de nuestro país han decidido enviar directamente armamento a Ucrania, de momento 1.370 lanzagranadas contra carros, 700.000 cartuchos para fusiles, así como ametralladoras ligeras. No olvidamos la frase que dijo la ministra de Defensa Margarita Robles “es material que puede ser usado por personas sin experiencia”. Además, sumémosle las tropas, fragatas y cazas que ya están en países fronterizos. Este envío no contribuye a acabar el conflicto, más bien puede alargarlo y que haya más víctimas.

Sin embargo, lo más singular de esta guerra es que se trata de un conflicto en el que aparece en escena el armamento nuclear que Rusia ya ha amenazado con usar, poniendo en alerta su arsenal. 

El 22 de enero de 2021 entró en vigor el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares (TPAN), un gran avance de Naciones Unidas, tratado que ninguno de los países que las poseen ha firmado y hacia el que la OTAN mostró todo su empeño en que así se hiciera. Ahora, en la campaña de demonización total del enemigo, parece que Putin podría estar loco. La mayor locura es que los ciudadanos permitamos que semejante tipo de armas las posea algún país, pues si analizamos uno por uno los dirigentes -todos hombres- de países nucleares, no pondríamos la mano en el fuego por la salud mental de ninguno de ellos.

Comprobamos que los medios de comunicación en su inmensa mayoría se dedican más a jalear la guerra que a analizar sus causas. Vemos también que la mayoría de los políticos, con una pretendida unanimidad que solo alcanzan en cuestiones de guerra quieren hacernos parte de una posición maniquea de buenos y malos, en una visión de la guerra en blanco y negro, sin matices, sin la variedad cromática de la vida real, que poco ayuda a un buen análisis y menos a una búsqueda del final del conflicto y de la gestión de la paz desde el día después de la guerra. Se echa en falta un poco de autocrítica, ir más allá de la autocomplacencia en una OTAN que, si hubiera hecho una evaluación honrada de sus intervenciones militares dejaría por pudor de hablar de paz, justicia o libertad. Podría, al menos, preguntarse si animar a Ucrania a entrar en la OTAN, con la posibilidad de poner misiles nucleares a escasos minutos de ciudades rusas, ha sido buena idea. Podría pensar que quizá tampoco fue buena idea que uno tras otro fuera incorporando a la organización países del Este. Incluso los países europeos podrían sospechar que tener al amigo americano como director de orquesta de la seguridad en Europa no es buena idea. Es curioso que suba la bolsa en EEUU mientras se pierde la vida en Europa.

Celebramos que en esta guerra los políticos europeos hayan descubierto que las armas matan, destruyen las ciudades y los hogares, provocan el desplazamiento de miles y hasta millones de personas, y provocan un sufrimiento inmenso que no se alivia con heroicas proclamas patrióticas.

Celebramos también la sensibilidad generalizada de políticos y medios de comunicación hacia el dolor de las víctimas y especialmente de las personas refugiadas. Llevamos muchos años reclamando la acogida para las personas migrantes que huyen de las guerras que alimenta Occidente, guerras como la de Irak, tan injusta, cruel y codiciosa como esta de Ucrania, aunque la televisión no nos retransmitiera sus crímenes ni el dolor que provocaba. Nos llegaron algunas imágenes de Abu Ghraib que daban buena cuenta de la brutalidad de quienes se preparan para la guerra y velan por nuestra seguridad. Nos llegaron también imágenes por un periodista valiente que hizo públicos los crímenes y salvajadas del ejército invasor, Julián Assange, que no mató a nadie pero que sigue estando cruelmente encarcelado por el delito de revelar la verdad de la guerra.

Nos sorprende también que la alta sensibilidad que los políticos han desarrollado hacia la guerra de Ucrania no la apliquen a otras guerras enquistadas con su ayuda y que siguen provocando inmenso dolor y destrucción. Guerras como la de Yemen, con una hambruna y una emergencia humanitaria sin solución y a la que España contribuye al vender armamento a Arabia Saudí. Guerras como la de Israel con el pueblo palestino o Marruecos con el pueblo saharaui. A estas guerras, nuestros sensibles políticos, no enviarán armas a los pueblos invadidos ni tampoco moverán un dedo para que se haga justicia con los débiles.

Parece que se empieza a poner de moda acusar a pacifistas de equidistantes. Sí, siempre hemos sido igual de distantes y críticas con todas las guerras. Lo fuimos con la de Irak y lo somos con la de Ucrania. También es cierto que estamos siempre con las víctimas. Ahora, con las refugiadas de Ucrania; con los desertores de ambos ejércitos; con civiles muertos, mutilados o heridos; con los manifestantes y disidentes rusos que se niegan a que en su nombre se mate; con los objetores represaliados; con familiares de las víctimas; con quienes son obligados a ir al frente a desangrarse hasta la última gota etc. No nos mueve ninguna simpatía hacia Putin como tampoco la tuvimos con el trío de las Azores. Por ello decimos consciente y claramente: Ni Putin ni OTAN.

  Para nosotros el NO a la guerra es un no a toda guerra, a toda preparación para la guerra, es un no a los presupuestos militares, al adiestramiento militar, al pensamiento militar que atraviesa la historia y la explica a su manera, es un no a las identidades patrióticas excluyentes. Es un no a un modelo de sociedad, de relación entre los pueblos, entre los géneros, entre las personas y con la naturaleza basado en la guerra, la violencia, la dominación, la explotación y la competitividad. Hace tiempo que está emergiendo un nuevo modelo surgido desde el antimilitarismo y la noviolencia, desde el feminismo y la ecología social, desde ONG y movimientos por la justicia social y la solidaridad entre los pueblos, desde la urgencia de superar un modelo de producción y consumo de espaldas a la naturaleza y a los límites del planeta, que nos lleva a la extinción.

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