¿CRISIS HUMANITARIA EN CEUTA?

Opinión 19 de mayo de 2021 Por Jesús Paniagua (*)
Sr. Sánchez entérese de una vez, Marruecos ni es nuestro amigo, ni aliado, ni socio preferente, nuestro amigo es la República Democrática del Sáhara

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En 2015, cientos de miles de personas, refugiados de oriente medio y África, huyendo de los conflictos en Siria, Bangladés, Afganistán o Eritrea buscaron refugio en la Unión Europea a través de peligrosas rutas que atravesaban los Balcanes y el Mediterráneo.

Esta crisis migratoria aún subsiste y periódicamente se reciben noticias de migrantes que tratan de cruzar el Mediterráneo a Italia, vía Libia.

Las tragedias de estas personas nada tienen que ver, nada, con lo que está sucediendo en Ceuta. En Ceuta, insistimos, no hay ninguna crisis humanitaria. No es tiempo de buenismos; En Ceuta estamos asistiendo al enésimo intento de coacción de una dictadura teocrática contra las democracias europeas.

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El sultán de Marruecos, el tirano alauita que vive instalado en un narco-estado, es un personaje tan astuto como siniestro y, sobre todo, letal para su propio pueblo.

Mohamed VI, una de las fortunas más grandes del planeta según la revista Forbes, sabe que la posición de su país le convierte en clave para la conservación del statu quo en el norte de África. Terrorismo, migración y narcotráfico son factores sensibles que sabe utilizar en su provecho para afianzar, más que la fortuna y el progreso de su país, su propia vida de lujo y despilfarro.

Con mano de hierro, despreciando los más elementales derechos humanos, oprime a sus súbditos (no podemos hablar de ciudadanos) a quienes mantiene en una situación de escasez endémica de la que saca provecho para alentar flujos artificiales de emigración o exaltaciones nacionalistas cuando le conviene.

En este contexto, Mohamed VI practica unas relaciones internacionales basadas en apretar o soltar la mano, extorsionar o ceder, según le sea favorable a sus personalísimos intereses sin tener en cuenta el bienestar de los marroquíes. La última ignominia del cocodrilato rabatí, metiendo en autobuses a jóvenes y adolescentes e incitarlos a cruzar ilegalmente la frontera de un tercer país es un claro exponente.

En Ceuta no hay por tanto ninguna crisis humanitaria, hay un ejercicio de un déspota chantajista que no duda en arrojar a sus compatriotas al mar para sostener su posición; posición que se ha visto fortalecida por la decisión unilateral de otro orate, Donald Trump, que reconoció la soberanía del Sultán sobre unos territorios que nunca han sido suyos.

Hay que dejarse de eufemismos ante las provocaciones del autócrata: Marruecos no es un aliado, Marruecos no es un amigo, Marruecos no es un “socio preferente”. Cada céntimo que se invierta en Marruecos servirá para sojuzgar al pueblo marroquí y atentar contra los intereses españoles.

Tampoco es ya útil. No es “nuestro hijo de puta”, parafraseando a Franklin D. Roosvelt. Cuando se traspasan todas las líneas rojas solo cabe una opción: devolver golpe por golpe.

En la encrucijada norteafricana las baladronadas del Sultán deben ser respondidas con toda la firmeza democrática porque cualquier otra cesión al tirano se volverá contra nosotros. 

Y si en la región Marruecos ya no puede ser considerado como un aliado quizá sea el momento de recordar que algo más al sur, donde no alcanzan los tentáculos de Mohamed, una incipiente nación, esta sí de hondas raíces fraternales con España, languidece abandonada en las arenas del desierto.

Cuando la paciencia se acaba -y esto sucederá más pronto que tarde ante las bravatas del Sultán- la política geoestratégica deberá empezar a considerar que nos hemos equivocado engordando a un insaciable aligátor y volver la vista a nuestros hermanos y amigos de la República Árabe Saharaui.

(*) Jesús Paniagua, es sociólogo y colaborador de albacetealdia

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