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Opinión 14 de junio de 2022 Por Colectivo Puente Madera

Tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212), Andalucía quedó abierta a la acción conquistadora de los reinos cristianos. Fernando III, Alfonso X y sus sucesores repartieron las tierras ocupadas entre los grandes linajes que los acompañaban como si fuera una tarta de cumpleaños. Ese es el origen bastardo del latifundismo andaluz. Tiempo después, los Reyes Católicos imponían su programa totalitario expulsando a los judíos en 1492 y obligando a los musulmanes a convertirse en 1502. Ese mismo año el cardenal Cisneros ordenó quemar miles de libros árabes en la plaza Bib Rambla de Granada. El incendio se veía desde kilómetros. Las lágrimas elevaron el caudal del Darro.   Comenzó entonces la edad de las hogueras.

Tras los libros, como de costumbre, llegó el turno de las personas. Entre 1559 y 1562 fueron quemados todos los protestantes de Sevilla. Y todas las protestantes, porque entre aquellas personas hubo muchas mujeres que cometieron un gran pecado: querer leer la Biblia. Es decir, querer leer. Mientras tanto, sus católicas majestades seguían empeñadas en mantener un imperio imposible a costa de sangrar las colonias americanas y desangrar sus propios reinos. Cervantes describió el desamparo de la infancia andaluza durante el siglo XVII en Rinconete y Cortadillo, y Murillo la retrató.

De la monarquía, aunque se vista con la seda de la Ilustración, nunca cabe esperar nada bueno. En 1749 Fernando VI sometió a trabajos forzados a todos los varones gitanos y envió a prisión a todas las mujeres gitanas. Es lo que se conoce como Gran Redada. Se trataba de, en palabras de los mismos organizadores, aplicar una “solución final” a una población que, por itinerante, resultaba extremadamente incómoda para el poder. La mayor parte de los condenados a galeras, de las apresadas en campos de concentración, de los niños y niñas separados a la fuerza de sus familias… vivía en Andalucía. Por cierto, durante ese mismo siglo, y en esa misma tierra, surge esa bomba atómica llamada flamenco como consecuencia de la fusión de lo gitano con el sustrato judío y morisco. No hay nada más mestizo y menos cristiano viejo que el flamenco.

El siglo XIX tampoco mejoró las cosas en Andalucía. Fernando VII cerró las universidades y abrió la Escuela de Tauromaquia de Ronda. Más toros y menos libros. ¿A qué suena? Los liberales desamortizaron (privatizaron) las tierras comunales, las vendieron al mejor postor y dejaron sin pan a miles y miles de familias campesinas. Así, de un plumazo. ¿A qué vuelve a sonar? Las leyes abolieron la servidumbre, pero los antiguos señores feudales se convirtieron en caciques y, al final, nada cambió. Y cuando se quiso cambiar algo, los de siempre lo impidieron. Durante el Bienio Negro (1933-36) los terratenientes recomendaban a los jornaleros que “comiesen” república. Poco después, Queipo de Llano invitaba a falangistas y legionarios a enseñarles a las mujeres republicanas cómo eran los “hombres de verdad y no esos milicianos maricas”. Acabada la guerra, el franquismo arrojó fuera de su patria a cientos de miles de andaluces, que por esos mundos de dios fueron objeto de todas las manifestaciones de racismo posibles y unas pocas más.

Colectivo Puente Madera

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